julio 04, 2012

De los árboles

Es difícil clasificar a los árboles. Son parte, más que vestigio, del paisaje natural traslapado con el netamente urbano. Cuentan como mobiliario urbano y desde luego, seres que vivos que se dedican entre otras cosas no menos importantes, a observar la vida pasar, experimentando el tiempo como todos los demás.

No existe recurso estético que supere a los árboles.

Realmente son una especie de esculturas vivientes. Esculpidas por el viento, la lluvia, la tierra, a veces con un poco de ayuda humana, pero en realidad ni siquiera la necesitan.

Como elementos sólidos pueden convertirse en columnas que sostienen el cielo, en paredes verdes que separan la banqueta del arroyo, que dividen el mundo de un lado de la calle del mundo que crece del otro lado. Pero la imbatible ventaja de ésta pared es que es meramente visual. Basta decidirse a atravesarla para lograrlo y cubrir el trecho entre dos mundos.

Ni que decir de la natural unión entre los árboles y el agua…insuperable como combinación visual.

Pueden tomar la escena más gris y deprimente que los hombres podamos construir y llenarla de luz y vida con solo enmarcarla.

Fungen como lente y filtro a través del cual la lluvia se suaviza y la luz desnuda adquiere una multitud de matices…

Son capaces de transformar con su sola presencia el espacio en el que crecen.

Los hemos maltratado, los hemos limitado bloqueando sus raíces y cortándoles las ramas que crecen más de lo que creemos “apropiado”, los hemos explotado como hemos explotado a todos los recursos y seres vivos de nuestro planeta. Hasta el límite de lo soportable.

Pero cuando las metrópolis humanas, extenuadas de soportar nuestro insostenible estilo de vida, finalmente como todo organismo viviente, lleguen a su decadencia y muerte, nuestros cuerpos las abandonarán, y sólo quedarán nuestro recuerdo, vagando espectralmente por interminables calles y habitaciones vacías, disolviéndose paso a paso, día a día, hasta desaparecer por completo de la memoria de nuestro planeta.

Y después de un tiempo, mientras el recuerdo de nuestra existencia se desvanece, la vegetación imprimirá nueva vida a nuestras ciudades.  Vida diferente a la que todas nuestras urbes llevan ahora mismo, pero vida, al fin y al cabo.

Tal como las antiguas ciudades mayas, levantadas a base de ganarle terreno a brazo partido a la selva, y finalmente sepultadas con todo su pasado de orgullo y gloria.

El musgo creciendo metódicamente sobre aquellos materiales que creamos precisamente para ser a prueba de vida como el concreto y el ladrillo… el pasto como un río verde que crece y finalmente desborda por calles, patios y finalmente habitaciones y techos. Ríos, lagos, canales, cuerpos de agua creados por nosotros como presas y embalses retornaran a la posesión de las algas y plantas acuáticas.

Y los árboles…

Los árboles continuarán observando la vida, la vida que seguirá y seguirá sin nosotros mucho tiempo, antes de llegar a nuestro fin.

Los grandes amigos, los grandes ilusionistas. Pero sobre todo, los grandes observadores del tiempo.

Y para cerrar...fotos de nuestros amigos:

El árbol tan considerado, encargándose de alfombrar su entorno inmediato.


Nadie como ellos para lograr esa sensación de profundidad.


Los árboles y el agua, inmejorable combinación.



 Alguien se roba la escala en la foto, y hace que los vehículos más grandes empequeñezcan...


"columnas que sostienen el cielo..."



 Y sólo ellos pueden lograr hacernos olvidar que estamos en una ciudad...

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